el imán cultural que convirtió su casona jujeña en el epicentro del arte nacional

De baja estatura y completamente indiferente a la coquetería. Sin embargo, su personalidad magnética atraía a premios Nobel, músicos y poetas como la miel atrae a las abejas. Hablamos de Yolanda Pérez de Carenzo, “la Niña Yolanda”, una mujer que, naciendo en la cuna de la aristocracia del noroeste argentino, eligió un camino propio: el de la bohemia, la libertad y la generosidad sin límites.
Nacida en San Salvador de Jujuy el 16 de febrero de 1902, Yolanda era hija del comandante Pedro José Pérez, dos veces gobernador de la provincia, y de María Teresa Torres Portillo, una boliviana con ascendencia virreinal. Todo parecía destinarla a ser una “previsible y reaccionaria niña de la alta sociedad”. Pero su espíritu inquieto encontró en la música y en el respeto por las tradiciones populares una verdadera vocación.
Su casa, la casona ancestral de la familia en Lozano —un edificio con una historia monumental que fue testigo del Éxodo Jujeño y sede de la firma de la paz de la Guerra del Chaco—, dejó de ser un lugar de paso para viajeros con destino a la Quebrada de Humahuaca y se convirtió en un destino cultural obligado. Allí, la modesta anfitriona, que hacía culto de la libertad y consideraba hermanos a los lugareños, ofrecía veladas donde la condición excluyente era “levantar la guardia contra la soberbia intelectual y evitar el aburrimiento”.
La lista de visitantes que compartieron sus locros y empanadas, y se maravillaron con su talento al piano, lee como quién es quién de la cultura del siglo XX. Por su finca desfilaron los chilenos Pablo Neruda y Gabriela Mistral, el pianista Claudio Arrau, el guitarrista Narciso Yepes y el mítico compositor mexicano Agustín Lara con su trío Los Panchos. Del ámbito local, la rondalla incluye a los poetas Jaime Dávalos y Armando Tejada Gómez, el “Cuchi” Leguizamón, Eduardo Falú, Jorge Cafrune y el legendario pianista de jazz, Enrique “Mono” Villegas.
Pero quizás uno de los episodios más reveladores de su carácter se dio en la década del 50, cuando brindó refugio en su hogar a Atahualpa Yupanqui, quien era perseguido por el gobierno peronista. Ese acto de rebeldía silenciosa definía a una mujer adelantada a su tiempo: fue de las primeras en Jujuy en manejar un automóvil y en fumar en público, siempre con una sonrisa y una ironía que, según sus allegados, buscaba la verdad.
Pianista, compositora y poeta, Yolanda dejó un legado artístico propio con obras como “Zamba de Yala”, “La Caja” y los versos de “Amanecer”. Sin embargo, su mayor obra fue ella misma y el espacio que creó. Su hijo la recuerda como “extraordinariamente tierna”.
Yolanda Pérez de Carenzo falleció en Córdoba a los 66 años, mientras visitaba a un amigo. Pero su espíritu sigue vivo en la Finca Carenzo de Lozano, donde la música se respira en el aire. Hoy, el anfiteatro que lleva su nombre se viste de fiesta cada año para recibir a nuevos y consagrados artistas en su honor, manteniendo el legado de esta “artista sin par” que convirtió su hogar en la capital cultural del norte argentino.
Fuente: eltribunodejujuy.com



